El ser humano persigue la felicidad. Suele ser lo que quiere todo el mundo. Ser feliz. La felicidad es algo distinto para todo el mundo. Una persona. Una acción. Una relación. Un coche. Una casa. Una familia. En resumen hay infinitas maneras de ser feliz. Todo lo que nos rodea nos puede hacer felices. ¿Lo somos siempre? No. Si podemos serlo ¿Porque no lo somos? ¿Porque sería estúpido ser feliz siempre? ¿No tenemos tiempo? ¿Gasta mucha energía? ¿Porque algunos tenemos una sonrisa fea? No, eso no. Para ser feliz no hace falta sonreír. Yo tengo mi propia teoría. Tenemos miedo. Miedo de ser felices. Si eres feliz, en cualquier momento esa felicidad se puede perder. Las personas por ejemplo. Somos inestables, tan pronto como creas que a una persona le importas de verdad, te asesta una puñalada, o lo que es lo mismo, empiezas a desconfiar. Yo lo admito. Me he empezado a dar cuenta de que tengo miedo a que las personas sea cual sea, y sin razón, me asesten esa puñalada. Ya una vez fui feliz inocentemente, pensando que todo podía seguir así. No sé que vino primero si mi desconfianza o el batacazo. Pero ocurrió. Así que al contrario de lo que muchos supongo estaréis pensando, quiero animaros a todos a que no tengáis miedo y disfrutéis de esa felicidad como si fuera vuestra última oportunidad. No podemos vivir siempre con miedo a ser felices. Yo me aplico el cuento.
<< Y la chica de la falda de cuadros acabó mojada, hecha pedazos y con una lágrima manchando su perfecto y delicado rostro, ante un día en el que debería de haber brillado el sol. >> 7:30 de la mañana, miércoles 30 de Abril. Al norte de una isla perdida en el Atlántico, en una cuidad llena de magia en cada rincón. El sol brilla como acostumbraba a hacer antes de que llegasen las lluvias. No hay nadie en la calle, ¿O sí? Por lo menos nadie que llame la atención del pequeño bulto, sentado en un banco de la Calle Mayor. Está esperando a alguien, o a algo. ¿Pero, que espera...? Sentada como estaba, tuve la tranquilidad necesaria para poder pararme a pensar que era lo que me había sacado de casa tan repentinamente aquella mañana. ¿Que había sido? ¡Demonios! ¿Que era tan importante, que iba a pasar que fuera tan importante para sacarme de la cama a las 6:00, ducharme y vestirme con sumo cuidado, para que al final acabara allí, sentada en un banco, sin intuición que seguir...

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