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Berry.

Me pesas. Imaginarme que puede seguir todo tan exactamente igual como estaba hace unos meses. Pensar que al parecer y en contra de lo que diga la mente; mi alma y mi ser, te quieren. Están contigo, te buscan, te extrañan. Pensar que ha cambiado todo tan poco que ya casi no merece la pena luchar.

Extraña metáfora a altas horas de la noche. Je. 

Eres como la fresas. Ácidas y jugosas. Apetitosas. Bonitas. Te dan ganas de pegarles un gran mordisco y comértelas; de cerrar los ojos mientras las saboreas. Te invade una sensación única y quieres más. Se acaban demasiado rápido. Depsiertan avidez; erógenas. Debe de ser eso.

Pero si una fresa está mala... No hay nada que de más asco. Pierden su firmeza y con ella su sabor inconfundible. La textura es repugnante y lo único que quieres es tragarla saboreando lo menos posible. Dejan mal sabor de boca y nos encanta evitarlas. Una mala fresa es una total y completa decepción.

Pero aún así, después de tragar a disgusto, contemplas las restantes y pruebas de nuevo. Algo te llama a morder otra. Quizás sea el recuerdo; querer volver a sentir la invasión de sabor. Ese estímulo. Dios sabrá que demonios es. Pero es cierto que hay algo que selectivamente nos hace olvidar el sabor de las malas fresas; buscándo constantemente el de las buenas y anhelando. 

Pero hasta las fresas más perfectas, rojas y ácidas; terminan cansando. Y gracias a dios la temporada termina, dando paso a más sensaciones perfectas. 

Dudo entre si quiero de verdad que termine. Es lo que busco al parecer, pero parece que no quiero dejarte ir, aunque sea desintencionadamente... Las prometidas sensaciones, no parecen estar a tu altura; no para mí. Me gustan demasiado las malditas fresas; con lo malo y todo. Aunque sepa que hay otras cosas más sanas, y que todo acaba.

Es un asco.


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